Eduardo Martínez: hablar zapoteco en un país que te enseñó a callarlo
En entrevista para HABLA, Eduardo Ezequiel Martinez, originario de Santiago Matatlán Oaxaca, hablante de Zapoteco y Director ejecutivo de Red de Intérpretes y Promotores Interculturales, nos cuenta la importancia de preservar las lenguas originarias, de no desvincularlas del territorio y de lo que han logrado con la Red de Intérpretes para que las juventudes indígenas reconecten con su cultura, su lengua y su identidad.
Eduardo Martínez creció escuchando zapoteco en voz baja.
En su casa, se hablaba cotidianamente la lengua, pero afuera no. Sus padres y sus abuelos lo educaron para que este idioma quedara entre ellos, en espacios cerrados, como si tuviera que resguardarse de algo. Afuera del entorno íntimo se hablaba español. No por elección, por supervivencia, porque sí tenía que resguardarse de algo: del racismo.
Eduardo nació en Santiago Matatlán, Oaxaca. Es hablante de zapoteco, una lengua con más de 500 mil hablantes y más de 60 variantes lingüísticas. Una lengua que, como muchas otras en México, desaparece ante la obligada castellanización.
Eduardo: ¿Qué se pierde cuándo se pierde una lengua?
"Los abuelos ya no pueden comunicarse con sus nietos. Se rompe una forma completa de entender el mundo: la relación con la tierra, la medicina tradicional, las formas de organización, la comida, la espiritualidad, las tradiciones, una forma de vida más holística que tienen las comunidades, sobre todo ahora que está comprobado que el sistema capitalista está en crisis. Perder la lengua es perder el territorio, las creencias y la manera de pensar".
Aprender a callar
Desde niño, su formación estuvo atravesada por una decisión familiar marcada por el miedo. Sus padres no querían que hablara zapoteco. No porque no lo valoraran, sino porque sabían lo que significaba cargar con esa identidad. Escuchar, sí. Hablar, no. Mucho menos en público.
Después vino la escuela. Primero en su comunidad, luego cada vez más lejos, en espacios donde el español era dominante y obligatorio. Irse lejos significaba "adaptarse" a otra cultura, a otro mundo, significaba dejar atrás el origen y todo lo que esto significa.
Para Eduardo, el reencuentro con el zapoteco llegó hasta el final de la universidad, cuando empezó su lucha dentro de la Red de intérpretes.
¿Han cambiado las cosas? Para él sí, en general no. Hoy Eduardo habla con sus padres en zapoteco. Sus hermanas empezaron a hacer lo mismo. En su casa, el zapoteco volvió a ocupar el espacio cotidiano: en llamadas, en audios de WhatsApp, en conversaciones que ya no se esconden, pero ese proceso íntimo no refleja lo que realmente pasa afuera. ¿Han cambiado las cosas? No: "Cada vez menos niños hablaban la lengua".
El racismo que se esconde en otras máscaras, pero no desaparece
Durante años, Eduardo pensó que las cosas estaban cambiando. Que el reconocimiento institucional, los programas, los discursos, estaban teniendo algún efecto. La realidad lo confrontó de otra forma: en un video en redes sociales, un adolescente indígena hablaba español con dificultad. Los comentarios eran una cadena de burlas. Juicios tipo, pero "¿de qué te sirve ir a la universidad, si ni siquiera conoces las reglas ortográficas?" Sin que nadie se detuviera a pensar que ese chico recibió educación en una lengua que no es la suya. Sí porque el sistema educativo, los estigmas y la discriminación lo obligaron.
Ese tipo de violencia no siempre es explícita. Se disfraza, pero opera igual. Las familias lo ven. Los jóvenes lo viven. Y en la respuesta para adaptarse se pierde mucho más de lo que se gana: esconder la lengua, borrar la identidad, olvidar para no ser excluidos.
En las universidades —ubicadas en las grandes urbes — muchos estudiantes hacen exactamente eso. Ocultan quiénes son para poder permanecer.
En México se han creado instituciones, programas y materiales para preservar las lenguas indígenas. Han pasado más de dos décadas de esfuerzos formales. Y sin embargo, el desplazamiento lingüístico continúa. Eduardo lo explica:
"La política pública no ha entendido el problema de fondo. Se insiste en enseñar la lengua como si fuera una materia aislada. Vamos a aprender la lengua en la biblioteca. ¿Por qué si es algo que pertenece a los espacios más importantes de la vida? La lengua se separa del territorio, de la vida comunitaria, de la historia. Se intenta llevar a los niños a espacios externos cuando la lengua vive en sus casas, en sus familias. Pero ahí está la herida. Las generaciones anteriores fueron castigadas por hablarla. Humilladas. La castellanización es una marca que atraviesa generaciones. Muchos padres no la transmiten porque siguen viviendo exclusión y estigmas, porque no han podido sanar lo que vivieron".
Una red para no romper la cadena
Eduardo dirige la Red de Intérpretes y Promotores Interculturales, una organización con más de 250 juventudes indigenas que brindan servicios de interpretación en México y Estados Unidos. La historia empezó cuando él, estando todavía en la universidad, acompañó a su tía al Hospital de Cardiología en la Ciudad de México, para ayudarla a entender lo que procedía en el tratamiento de su bebé recién nacida. Su tía había vivido toda la vida en la comunidad y todos los diagnósticos y las explicaciones y las decisiones cruciales que había que tomar para salvar a su niña, estaban en español. Eduardo fungió de intérprete y vio lo que significa no comprender cuando está en juego la vida.
Después, haciendo recorridos en reclusorios, encontró a personas indígenas de la tercera edad que no sabían por qué estaban detenidas. No entendían sus procesos judiciales. Nadie les explicaba en su lengua. ¿Dónde están los intérpretes? La respuesta fue construir, acudir a la Universidad Autónoma de Oaxaca para buscar personas que quisieran formarse, y la sorpresa fue que habiendo muchas juventudes indígenas, fueron muy pocos los que quisieron participar en este proceso. Empezaron con pocos estudiantes, muchos de ellos reacios a reconocerse como hablantes. Pero hoy han formado a más de 300 intérpretes, especializados en contextos médicos y judiciales.
Han llevado este modelo a distintas universidades del país. Trabajan en Estados Unidos ayudando a cientos de personas indígenas a defender sus derechos, y en este camino ha pasado algo más importante incluso que ayudar a comprender: "los jóvenes vuelven a hablar con sus abuelos. Preguntan palabras olvidadas. Recuperan expresiones que habían quedado fuera de uso. Reconstruyen su vocabulario, pero también su relación con su origen".
La lengua deja de ser un estigma. Se convierte en una herramienta, en una posibilidad, en un empleo, en un lugar de pertenencia. Eduardo lo vivió en sí mismo. Recuperó su fluidez en ese camino. "Formar intérpretes es, en realidad, una forma de reconectar con la identidad".
Lo que está en juego
Hoy, la lucha de Eduardo, dentro de la red, es que un intérprete de lengua indígena sea valorado igual que uno de inglés, francés o alemán. Que no haya jerarquías entre lenguas. Que el reconocimiento no dependa de la historia colonial que las respalda. Pero incluso eso se queda corto frente a lo esencial. Si la lengua desaparece, no hay traducción posible que la sustituya.
Lo que Eduardo está defendiendo es la continuidad de una forma de vida que ha sido empujada a desaparecer, una y otra vez, bajo distintos esquemas de racismo.
Y aun así, sigue ahí. En una llamada con su madre. En un audio de WhatsApp. En una palabra que regresa después de años, en el orgullo de pertenecer a una cultura que tiene mucho que enseñarnos. En la decisión de volver a hablar, de soñar en la lengua, de compartirla, transmitirla, de sacarla del espacio privado y reconocerla, porque cuando una lengua desaparece queda un silencio impuesto. Se borra una manera de nombrar el mundo que no existe en ningún otro idioma. Se pierde el conocimiento acumulado durante generaciones —cómo curar, cómo sembrar, cómo relacionarse con la tierra sin agotarla—. Se rompen los vínculos entre abuelos y nietos, porque ya no comparten el mismo código para entenderse. Se empobrece la memoria colectiva y se estrecha la forma en la que pensamos.
Y hay algo más incómodo: la desaparición de una lengua casi nunca es natural. Es consecuencia de la presión, de la vergüenza aprendida, de la discriminación que empuja a callar.
Cuando una lengua deja de hablarse, lo que realmente desaparece es la posibilidad de existir en tus propios términos.





