Psicoeducación en la primera infancia: donde empieza (de verdad) el futuro
Durante 2025 organizamos 4 foros en diferentes universidades para reforzar nuestros pilares y poner en el centro a la educación. El primero de ellos tuvo lugar en la Universidad Panamericana y se trató sobre Eduación en la Primera Infancia, estamos convencidos de que esta etapa marca el resto de la vida, ¿qué estamos haciendo —en serio— para cuidarla? Con esta pregunta iniciamos la conversación.
El encuentro reunió a Ana María Serrano (Proyecto DEI y DEI Comunidad), Emiliana Rodríguez (Made for Joy y Global Dignity México) y Marcela Silveira (Banco Mundial), moderadas por Alejandra Carmona, Co Ceo de Grupo Educación.
Para dar un poo de contexto, desde 2023, HABLA ha venido construyendo una mirada sistémica de la educación en México. En ese mapa aparecieron siete grandes áreas a atender y, más adelante, cinco puntos palanca: lugares del sistema donde una inversión bien dirigida genera cambios en cascada. Uno de esos puntos es la primera infancia. No sólo por lo que significa en términos de desarrollo, sino por tres preguntas que debemos hacernos todos y todas: ¿quiénes cuidan?, ¿cómo se forman quienes cuidan? y ¿en qué condiciones trabajan y viven esas personas?
La primera infancia no es una “antesala” de la escuela, es una etapa única. Emiliana lo explicó desde la neurociencia: en los primeros años de vida el cerebro hace más conexiones neuronales que en ningún otro momento; puede llegar a un millón de conexiones por segundo. Ahí se va moldeando la arquitectura de las emociones, la manera en que las niñas y los niños aprenden a confiar, a regularse, a relacionarse con el entorno. El estrés tóxico, la violencia cotidiana, el llanto no contenido y la falta de vínculos seguros dejan huellas profundas; en cambio, las interacciones cálidas de ida y vuelta —mirar a los ojos, responder a un balbuceo, cantar, leer, jugar— se convierten en un tipo de protección activa para toda la vida.
Marcela trajo al foro la perspectiva de política pública. México ha dado pasos importantes: la educación inicial se reconoce como obligatoria desde 2019 y la Política Nacional de Educación Inicial se publicó en 2022. Además, se está construyendo un Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados. Pero el camino no está despejado: el entramado institucional es complejo, la oferta creció de forma fragmentada y la cobertura sigue siendo baja, especialmente para niñas y niños menores de 3 años. Durante años hablamos de “guarderías” pensadas como un servicio para que la madre trabajadora pueda salir de casa; hoy el reto es que la conversación se mueva hacia centros de educación y cuidado infantil, donde el foco sea el desarrollo integral de las niñas y los niños y no solo la conciliación laboral.
Ana María puso el énfasis en quienes cuidan. La mayoría de las personas que trabajan con primera infancia son mujeres, muchas de ellas con historias de vida atravesadas por la vulnerabilidad. Sobre sus hombros recae la expectativa de construir vínculos amorosos, acompañar el desarrollo, manejar la conducta, contener emociones… y todo esto con salarios bajos, grupos numerosos y poco reconocimiento social. A eso se suma que millones de niñas y niños pequeños son cuidados por madres, abuelas o hermanas que tampoco han tenido acceso a formación en desarrollo infantil ni a espacios para su propio cuidado emocional.
Nadie puede dar lo que no tiene. Si queremos agentes educativos capaces de sostener a niñas y niños, necesitamos programas de formación que sean prácticos, vivenciales y realistas; no sólo teoría, sino herramientas concretas para el día a día, acompañamiento socioemocional y mejores condiciones laborales. Y si aceptamos que la mayoría de los cuidados ocurre en el hogar, también tenemos que mirar a las familias como aliadas: madres, padres y abuelas como agentes educativos que requieren información clara, espacios de apoyo y propuestas de disciplina respetuosa que no se basen en la violencia.
El foro también tocó temas como la normalización de los golpes y los gritos como forma de educar, la exposición temprana a pantallas, la presión sobre la maternidad “perfecta” y la falta de espacios para niñas y niños en las ciudades. Necesitamos dejar atrás la idea de que “a mí me pegaron y no pasó nada” o que el bebé “no entiende” y por eso podemos dejarlo llorar o estacionarlo frente a un celular. También necesitamos reconstruir el valor social de la infancia y de la maternidad y paternidad como experiencias que requieren apoyo de la sociedad.
En la parte final del foro se habló de alianzas. Para que la primera infancia sea realmente una prioridad, se requieren acuerdos entre gobiernos, sector privado, universidades, organizaciones de la sociedad civil, centros de salud y medios de comunicación. El Banco Mundial ha duplicado su inversión en primera infancia en los últimos años y hoy este tema representa el 11% de su cartera global en educación. Invertir en los primeros años es un ganar-ganar: gana la niña o el niño, que tiene cimientos sólidos; gana la familia, en especial las mujeres que pueden integrarse al mercado laboral en mejores condiciones; ganan las empresas, que retienen talento; y gana el país, que construye una base más sólida para su desarrollo económico y social.
HABLA ha imaginado una meta hacia 2030: que todas las niñas y niños de 0 a 6 años tengan acceso a esquemas de cuidado y educación temprana de calidad, distribuidos de forma equitativa. La invitación queda sobre la mesa: desde donde estemos —familias, escuelas, centros de salud, universidades, empresas, organizaciones— podemos hacer algo para que el origen no se convierta en destino. Invertir en la primera infancia es apostar por una generación capaz de imaginar, cuidar y sostener un futuro distinto.





